Lo poco que escribo en este blog suele hacer referencia a temas luctuosos.
Hoy no va a ser la excepción...
Hace unos doce años conocí a una persona con la que compartí inquietudes artísticas y profesionales durante 8 años. Se llamaba Ricardo.
La historia personal de Ricardo sólo admite el calificativo de dramática. Aquejado por multitud de limitaciones físicas, que conllevaron, como no podría ser de otra forma, sus consecuencias psicológicas, sobrevivió durante 70 años a una sociedad que le excluía por sus particularidades. No quiero entrar en detalles, pero su condición personal no le impidió desarrollar una carrera profesional en la radio llena de altibajos, sinsabores, alegrías, momentos sublimes salpicados de ingresos hospitalarios... una verdadera montaña rusa presidida por una sensibilidad exquisita y una carencia total de protección frente a una sociedad que mastica y engulle personas a velocidad de vértigo.
Sólo quiero, con este post, homenajear al que un día fue mi amigo, y os pido disculpas por la siguiente carta abierta que le dedico:
Hola Ricardo:
Si, "Ricardo"... Ya sabes que no me ha gustado nunca llamarte "Richi". Así que no vamos ahora a cambiar las viejas costumbres.
Has decidido irte. Has decidido dejar de sufrir. Los que te conocimos en tus momentos de euforia, de felicidad y en los de angustia y pánico, sabemos de tu dolor y éramos, de alguna manera, conscientes de que sólo tú decidirías el momento de dejar de pelear, como así ha sido.
Cuando me comunicaron tu fallecimiento, un montón de sensaciones anegaron mi alma. Esas sensaciones las conoces bien: respeto, consideración, afecto... Como ya te comenté, el tiempo hace que rescates de la memoria aquello que te ha sido especialmente placentero, cubriendo con la niebla del olvido los momentos negativos. Así ha sido en mi caso.
Sólo quiero pedirte perdón por los disgustos que pude ocasionarte motivados por mi puta manía de decir las cosas de la manera más directa y descarnada posible. No contemplaba que tu alma aparecería a flor de piel, tal era tu sensibilidad y emotividad. Allí donde vas no existe la envidia. Ni el fracaso. Ni la soledad. No hay espacio para el desánimo ni para el dolor. Todo es luz, calidez, y encontrarás la mano amiga que muchos te negamos, obligados por nuestras responsabilidades cotidianas y nuestas necesidades mundanas, infinitamente más vulgares que las tuyas...
Te has reunido de nuevo con tus padres, con Bambi, con Calcetines... Estás de nuevo en casa, y a salvo del mundo y de quienes transitamos por él. En calma y, sobre todo, en paz...
Pero, aunque te hayas ido, y por muy lejos o cerca que estés, se que en este momento un miedo atenaza tu alma, y no te deja volar. El miedo a la decepción, el miedo a haber causado daño a quienes nos acercamos a tu persona en un momento dado.
Puedes volar tranquilo, amigo mío. Vuela libre, no te preocupes por nada. Jamás hiciste daño conscientemente a tus semejantes. Diste mucho más de lo que recibiste. Y si en algún momento has llegado a pensar que nos has decepcionado, por tu decisión de abandonar toda lucha y rendir cuentas con ese ser superior de nombre indefinido, sólo puedo decirte que has sido el último héroe sobre la tierra. Nunca nadie libró una batalla tan larga, con tan pocas armas en su mano, y sin peto alguno que pudiera protegerle.
Hasta al más poderoso de los héroes le llega el momento de rendir sus armas y buscar la paz. Tú luchaste por más tiempo que nadie. Y nadie te pudo vencer. Rendiste tus armas cuando lo consideraste oportuno, y ese hecho te ennoblece aun más si cabe.
Adiós, amigo. Espero verte dentro de mucho tiempo rodeado de gente joven y jugando con tus micrófonos, tus cámaras y creando, en definitiva, magia...
Alan Parsons - Day After Day (The Show Must Go On)