Dicen que siempre que Dios (llámese Yahvé, Buddha, Alá o David Beckham) cierra una puerta, abre una ventana.
He tardado meses en volver a escribir en este blog. En estos meses he sufrido la pérdida de un ser imprescindible en mi vida. Cualquiera que pierda a un hermano sabrá valorar el vacío helado que se siente allí donde teóricamente se alojan nuestros 21 gramos de alma. La mía pesa, desde el 18 de Agosto, un poco menos. Fede... Allí donde vaya te llevo conmigo. Te quiero.
Los meses de duelo han pasado lentamente... Parecía como si cada puto día alargara sus 24 horas con el único objetivo de tener algo más de tiempo durante el cual poder rumiar la angustia y la rabia, la nada que crecía en mí...
Sin embargo, hay veces en las que, por muy escéptico que seas, no tienes más remedio que plegarte ante la evidencia: algo existe más allá de nuestros sentidos, un demiurgo tan justo y generoso como estúpido y cruel, que aparece en contadas ocasiones a lo largo de tu vida para poner orden en aquello que él mismo ha descuajeringado. Y como si intentase remediar los propios errores del pasado, decide regalarte un pequeño trocito de felicidad.
En mi caso, se llevó a Fede... y el 27 de Julio nos traerá a Arturo, mi primer hijo.
Supongo que os preguntaréis por qué no voy a llamarlo como mi hermano fallecido. La razón es simple: nada pude crecer libre si arrastra deudas ajenas, si sobre él se proyecta la sombra de un ser amado, pero desaparecido. No viene a sustituir a nadie, sino a complementarnos a mi mujer y a mí. Por ello debe comenzar a escribir en un folio en blanco.
Porque desde un más allá certero y pleno de luz, seguro que Fede acompañará a su sobrino, y le llevará siempre de su mano. Como me acompaña a mí, en mi caminar por este mundo podrido, por todos los días que me queden de vida.
Reinicio de nuevo mi blog. Prometo una foto de Arturito en breves.
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